Hechos 2:14-21:
"Entonces Pedro, poniéndose en pie con los once, alzó la voz y les habló diciendo: Varones judíos, y todos los que habitáis en Jerusalén, esto os sea notorio, y oíd mis palabras. Porque estos no están ebrios, como vosotros suponéis, puesto que es la hora tercera del día. Mas esto es lo dicho por el profeta Joel: Y en los postreros días, dice Dios, Derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, Y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; Vuestros jóvenes verán visiones, Y vuestros ancianos soñarán sueños; Y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días Derramaré de mi Espíritu, y profetizarán. Y daré prodigios arriba en el cielo, Y señales abajo en la tierra, Sangre y fuego y vapor de humo; El sol se convertirá en tinieblas, Y la luna en sangre, Antes que venga el día del Señor, Grande y manifiesto; Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo."
Hubo un cambio notable en Pedro. Él ahora tenia valor y audacia que eran un completo contraste con sus negaciones del Señor Jesús antes de ser lleno del Espíritu Santo. En el día de Pentecostés, Pedro no enseñó como solían hacerlo los rabinos de aquel tiempo, quienes reunían a los discípulos a su alrededor, se sentaban y los instruían. En cambio, Pedro proclamó la verdad como un heraldo. Este sermón notable no tuvo preparación, fue dado espontáneamente. Pedro no se despertó esa mañana sabiendo que iba a predicar a miles, y que miles vendrían al Señor como resultado. Sin embargo, podemos decir que fue un sermón bien preparado; fue preparado por la vida anterior de Pedro y su relación con Dios. Fluyó espontáneamente de esa vida, y de una mente que pensaba y creía profundamente.
Es bueno recordar que lo que tenemos en Hechos 2 es una pequeña porción de lo que Pedro realmente dijo. Hechos 2:40 nos dice: "Y con otras muchas palabras testificaba y les exhortaba". Como casi todos los sermones registrados en la Biblia, lo que tenemos es un resumen inspirado por el Espíritu Santo de un mensaje más largo.
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